La mente siempre fue mas rápida que la palabra y los sentimientos más difíciles de definir. El mundo se reducía a tres habitaciones diminutas que adquirían la grandiosidad de un palacio con gruesos muros de protección, pero los monstruos no dejaron nunca de acechar al otro lado de la puerta y aunque no consiguieron entrar hicieron agujeros a través de los cuales la observaban y la obligaban a permanecer alerta, asustada y con el deseo oculto y desesperado de desaparecer.
En los tiempos oscuros todo resultaba muy difícil, las cosas parecían de decoración de cine, falsas y de poco valor. El aire se colaba por las rendijas que se formaban entre el cristal y el marco de madera de las ventanas a causa del sol que resecaba la masilla que mantenía el cristal sujeto al bastidor de madera. Los estantes se combaban por el peso de los libros que a su vez estaban desvencijados con las hojas rotas y dobladas y hasta el somier de las literas se había desprendido de las patas y había que mantenerlo en su posición colocando libros debajo. Pero sin duda lo más inquietante eran las cuatro baldosas del pasillo que habían quedado mal fijadas al suelo y que cuando se pisaban se movían emitiendo un sonido musical durante el día y fantasmal durante la noche. Lo cierto es que todo tenía un aire decrépito acentuado por la falta de interés en el orden y la limpieza generada por un rechazo visceral al espacio. La primera vez que lo vió le produjo algo similar a un dolor de ...
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