En los tiempos oscuros la vida no valía un ardite. Se acostumbró a escuchar los susurros del médico que lo visitaba todas las semanas y que comunicaba a sus padres la inutilidad de todos los tratamientos que hasta el momento había prescrito y que, aunque lo mantuviesen anclado a la vida, no le garantizaban un futuro.

El día que escuchó la cifra le pareció que el infinito se extendía ante sus ojos. Dieciséis, viviría hasta los dieciséis años. Non comprendió la expresión de angustia y el sollozo reprimido de su madre, las miradas de soslayo de la criada y los movimientos resignados de la cabeza del médico. No podía calcular cuanto tiempo le quedaba pero en aquel momento le pareció una eternidad.

Todo tiene ventajas e inconvenientes y su fecha de caducidad también. Deseaba poder bajar a la calle con sus hermanos y jugar despreocupadamente al escondite y a las batallas de piedras, pero solo podía asistir a esos juegos a través de los cristales, todas aquellas actividades le estaban vedadas. Pero, en cambio,  la mejor pieza de carne o pescado, la cucharada de miel y las infusiones endulzadas con el azúcar que su madre mantenía bajo llave en el armario de la despensa le correspondían siempre a él y aunque los hermanos protestaran por aquel trato de favor sus padres les mandaban callar con enojo y él recibía caricias y sonrisas.

Lo que más le gustaba era aquel último remedio recetado por el doctor: debía respirar todas las mañanas el gas que se desprendía al descorchar una botella de champagne. Aquello suponía un gasto inaudito y su madre que administraba con mano de hierro el dinero impuso en la casa un plan de ahorro que afectaba a todos los miembros de la familia y a la servidumbre. Así que, todos en la familia esperaban el momento de su muerte y veían esta como una liberación y no como una tragedia.

No le importaba, en realidad disfrutaba con su trato de favor y las estrecheces no las experimentaba. Al contrario, respirar aquel gas de la botella le llenaba el cuerpo y la mente de un gracioso cosquilleo que lo acompañaba durante la mañana y que le hacía experimentar una cierta ingravidez y una ligera alegría.

La víspera de su cumpleaños, del fatídico cumpleaños, se instaló en la casa un ambiente fúnebre. Sentía llorar a su madre refugiada en su dormitorio y veía el rostro grave de su padre que con el periódico delante fingía leer las noticias. Hasta sus hermanos lo miraban de reojo y le sonreían tímidamente. No tenía miedo. La muerte no significaba nada para él, pero le producía cierta tristeza pensar que todo aquello que conocía iba a desaparecer, mejor dicho lo iba a dejar de ver para siempre.

Cuando abrió los ojos tuvo que parpadear varias veces. Reconocía el techo blanco y las molduras de escayola de motivos geométricos que su padre había diseñado para los dormitorios de los niños. Tardó unos segundos en tocarse el pecho para percibir el latido del corazón y luego acercó la mano a su nariz y respiró para sentir el aire en sus dedos. Dieciséis años y estaba vivo. 

- No moriré jamás- Pensó y sonrió.

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