Cuando llegó al colegio por primera vez el peso de la vida se instaló sobre sus hombros y ya no la abandonó jamás. Se sentía perdida en un inmenso laberinto del que por muchas vueltas que diera era incapaz de salir y solo obtenía alguna tregua en el camino infinito cuando podía rescatar de las estantería del fondo aquellas historias que le permitían sumergirse en otros mundos y le dejaban vivir otras vidas.
Escapar de su propia vida se convertiría en una obsesión de la que ya no podría escapar más.
Quizás si hubiese nacido treinta años después hubiese sido carne de psicólogo, pero nació en esa época en la que los niños eran seres cuya única misión era crecer y convertirse en una persona de provecho.
Hay personas que no deberían nacer.
Hay personas que no deberían nacer.
Hay personas que no deberían nacer.
Y hay personas que no deberían nacer y no tienen el valor de acabar con su vida.
Y hay personas que no deberían nacer y no tienen el valor de acabar con su vida y se ven obligadas a vivir en una constante angustia.
Tal vez fuese cierto que todo lo que somos es química y la falta de equilibrio entre los elementos que deben formarnos ocasionan desajustes que se manifiestan en actitudes que a la vista de los demás nos convierten en personas peculiares. ¿Peculiares? raras...
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